Los indios Hidarsa de Norteamerica,
dicen que todas las cosas naturales tienen espíritu.
Cuando las riadas del Missouri arrastran
los árboles mientras sus raíces luchan por aferrarse a Gaia, gritan hasta caer
al agua.
Se atribuía las desgracias de la
tribu a la tala de estos ya que antiguamente solo se utilizaba la madera de los
árboles caído de forma natural.
En muchas tradiciones existen
leyendas de árboles que gritan de dolor y sangran al ser derribados o
mutilados.
Muchos para congratularse hacían
ritos de hermanamiento bebiendo la savia de los árboles, pedían perdón al que
iban a derribar y les dejaban ofrendas.
Los kayanos de Borneo mantenían una
penitencia de un año sin cazar osos, tigres ni serpientes, pues ya se habían
visto obligados a matar muchos árboles para hacer su casa.
En innumerables culturas se dice que
los árboles están habitados por genios a los que hay que aplacar mediante
ofrendas antes de derribar su morada y avisarles con tiempo para que puedan
mudarse. De lo contrario seguirán en la madera utilizada para la construcción
de la casa.
Una leyenda inglesa relata como un
campesino cuidaba de tres árboles que crecían cerca de su casa ofreciéndoles en
primavera un ramillete de prímulas.
Al morir dejo el encargo a sus tres
hijos. Los dos mayores no solo se burlaron de la petición sino que además cortaron
cada uno su árbol muriendo al poco con ellos.
El pequeño que continuo las ofrendas
tuvo larga y prospera vida.
Las leyendas humanizan la
naturaleza.-
Cuenta una abuela asturiana sobre
xanas y genios que antiguamente las
fuentes donde corría el agua cristalina
estaban llenas de encantamientos. Hoy la
gente es incrédula y los encantamientos se esconden.
Un
árbol dice:
<<Mi
fuerza es la confianza; no sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de
retoños que todos los años brotan de mí. Vivo hasta el fin el secreto de mi semilla,
no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en Mí, confío en que mi
tarea es sagrada y vivo de esta confianza>>.
Cuando
aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento
infantil de nuestros pensamientos adquiere una alegría sin precedentes. Quien
ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol.
No
desea ser más que lo que es.
Herman
Hesse.
A la vez que aprendemos a
mantener a flote nuestra sensibilidad, el acercamiento al árbol es más profundo
y nuestro diálogo con él más fluido, el árbol se abre a nosotros en la medida en
que somos capaces de verle, escucharle…..y abrirnos a él.
HACEDME EL FAVOR DE SER
FELICES KARRAS.







